Metán

La gran brecha generacional: El mundo virtual que nos falta conocer

Vivimos en una época donde los niños y adolescentes no solo usan la tecnología, sino que habitan en ella, construyendo allí gran parte de su identidad. Mientras los adultos crecimos en una realidad analógica, las nuevas generaciones nacieron hiperconectadas. Esta diferencia marca un quiebre no solo en la comunicación, sino en la forma de vincularse y experimentar el bienestar.

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En el mundo, surgen respuestas innovadoras que no buscan prohibir ni volver atrás. Entre ellas, proyectos que integran el aprendizaje afectivo en el consumo digital mediado por IA, promoviendo la reflexión y el diálogo entre padres e hijos. La brecha entre generaciones siempre existió, pero nunca fue tan visible ni tan rápida. Desde los bebés que deslizan sus dedos sobre una pantalla antes de poder caminar, hasta los adolescentes que construyen sus vínculos en entornos digitales, cada etapa de la vida parece adaptarse con una naturalidad que desconcierta al mundo adulto.

Y si bien, especialmente en la adolescencia, los padres no han logrado en todas las generaciones descubrir el lenguaje y las conductas de sus hijos, hoy esta perplejidad se vive desde edades muy tempranas.

Mucho se discute sobre los tiempos y las formas de la sobreexposición digital, pero la verdadera brecha no es esa, sino la incomprensión profunda de las reglas de juego que rigen la vida digital de niños, niñas y adolescentes: sus modos de vincularse, sus códigos, sus jerarquías y sus formas de construir identidad.

Es una fractura simbólica que nos deja fuera de coordenadas que ellos habitan con naturalidad.

Dato Curioso

Los más jóvenes suelen tener dos cuentas en Instagram;
⦁ una general en la que agrupan a amigos, familiares y conocidos
⦁ una secundaria (Mejores amigos), solo para puedan acceder sus amigos más íntimos.

En esta última, los chicos se muestran sin filtros. Además, en los perfiles de los adolescentes, se suelen ver pocas publicaciones.

“Tener muchas fotos y viejas no suma nada. Ni da tener la foto de tu perro de 2015″, explica un Lucas un adolescente de 13 años. Para ellos, lo ideal es subir imágenes actualizadas, que muestren la situación de hoy sin rastros de su pasado.

En la Argentina, nueve de cada 10 adolescentes tienen un perfil en alguna red social. Esto significa que las redes no reconocen diferencias sociales, de género, económicas o etarias. Conectarse a este tipo de plataformas es el uso principal que hacen de internet. Es decir, usan la web con una función comunicativa, fundamentalmente con sus amigos. Es importante mencionar también que siete de cada 10 chicos de 11 y 12 años tiene redes, mientras que la edad mínima es de 13. O sea que el uso se produce a una edad cada vez más temprana.

Y mientras los niños y niñas parecen dominar sin esfuerzo esos dispositivos y lenguajes, los adultos pasan horas absortos frente a las pantallas, muchas veces sin manejar la mayoría de los recursos por no ser nativos de sus universos y sobre todo viendos los videos en partes que se suele usar en Facebook, de historias muchas veces creadas con IA, el cual el adolescente detecta pero el adulto no.

Ante las dificultades que trajo la hiperconexión, distintos especialistas, proyectos legislativos y eventos han propuesto fórmulas que buscan recuperar el estado de cosas anterior: “limitar el tiempo de pantalla”, “entregar los celulares a edades más avanzadas” o, en versiones más melancólicas, “volver a criar como antes”, “recuperar la vereda”.

Son ideas bien intencionadas, pero que simplifican una realidad mucho más compleja. Hoy nuestra vida entera se organiza en torno a lo digital. Asistimos a clases virtuales, a juicios por pantalla, y ya ni siquiera necesitamos ir al banco: las operaciones se realizan con Face ID y las transferencias se resuelven con un simple clic.

Las consultas médicas se hacen online y, desde la pandemia, se consolidaron nuevas modalidades de aprendizaje: la educación transcurre también en entornos digitales, las clases se dictan por videollamada, los intercambios y tareas se realizan en plataformas, y el aprendizaje se construye en una interacción mediada. El amor, la amistad y hasta la sexualidad también se desarrollan en estos espacios virtuales.

El mundo cambió y no hay regreso posible

Hoy casi nadie viaja a eventos que no sean de entretenimiento: los encuentros virtuales resultan más ágiles, inclusivos y masivos que los presenciales, y el intercambio digital se consolidó como una nueva forma de comunidad. Incluso las manifestaciones sociales, como la última marcha Ni Una Menos, tuvieron una enorme presencia digital: comunidades de gamers en Minecraft, Free Fire (Garena), Roblox, por ejemplo, replicaron los espacios del activismo en sus mundos virtuales, demostrando que también allí se construye participación y memoria colectiva.

Comprender cómo el uso excesivo del celular impacta en el desarrollo cerebral y emocional es clave para promover hábitos digitales más saludables.

Tecnología: de la Generación Z a la Generación Alfa

Para comprender el impacto actual de las pantallas en el desarrollo, es fundamental considerar el cambio generacional en el que estamos inmersos:

Los dispositivos electrónicos han revolucionado profundamente el aprendizaje, la comunicación y la difusión de la información, ampliando las oportunidades de acceso al conocimiento y a la interacción social. No obstante, investigaciones recientes advierten que el uso de medios en pantalla puede tener efectos adversos significativos en la salud infantil a largo plazo, convirtiéndose en una preocupación creciente de salud pública.

En este sentido, se ha observado un aumento en la probabilidad de que los niños desarrollen condiciones que pueden afectar su calidad de vida y su desarrollo integral. Entre ellas se destacan la obesidad, dificultades atencionales y de retención de información, el sedentarismo, irritabilidad y bajo control de impulsos (sobre todo cuando se le retira el celular), los problemas de comportamiento, las alteraciones del sueño y el bajo rendimiento académico, entre otras.

Esta diferencia generacional no es solo contextual, sino profundamente evolutiva. Mientras que los jóvenes de la Generación Z incorporaron la tecnología a lo largo de su desarrollo, los niños de la Generación Alfa construyen sus primeras experiencias cognitivas, emocionales y sociales en interacción constante con dispositivos digitales. Esto implica una exposición más temprana, frecuente y prolongada a estímulos altamente atractivos e inmediatos. En este marco, el interrogante ya no se limita a cómo usamos la tecnología, sino a cómo la tecnología participa en la construcción misma del cerebro. La plasticidad cerebral en la infancia vuelve especialmente relevante este análisis, ya que los entornos ricos en estimulación digital pueden influir en procesos como la atención, la regulación emocional y la capacidad de espera.

Los smartphones son actualmente los dispositivos con mayor presencia en la vida diaria, en especial en menores de edad y adultos jóvenes. Según la consultora Sortlist, Argentina ocupa el quinto lugar en el ranking mundial de frecuencia de uso, con un promedio diario de más de 9 horas y media. Un estudio de la Universidad Argentina de la Empresa señala que los adultos y las adultas jóvenes pasan alrededor de cinco horas por día en redes sociales, más de cuatro de ellas en celulares.

Por su parte, Motorola indica que cinco de cada diez adolescentes pasan doce horas al día con el celular al alcance de la mano. Las infancias reciben su primer celular alrededor de los 9 años (46 % a los siete), y el 30 % de ellos los usa más de 3 horas al día.

Un internauta, en promedio, pasa 52.925 minutos al año frente a la pantalla de su dispositivo

La situación se torna aún más preocupante cuando miramos el acceso al smartphone entre los adolescentes. Un 95% de ellos tiene acceso a un dispositivo, y aproximadamente seis de cada diez utilizan plataformas como TikTok o Instagram. A pesar de la gran cantidad de tiempo que pasan conectados, un 38% de estos adolescentes reconoce que pasa demasiado tiempo en su celular. Sin embargo, la mayoría, un 60%, considera que su uso es adecuado.

El impacto emocional de la desconexión también es notable. Un 72% de los adolescentes se siente tranquilo al no tener su dispositivo, mientras que el resto se muestra ansioso. Esta ansiedad se hace evidente cuando alguien olvida su teléfono, mientras que olvidarse de la billetera o del documento no provoca la misma reacción.

El celular se ha convertido en un aliado indispensable en nuestras vidas, capaz de resolver desde trámites hasta el simple acto de comunicarse. El uso del celular también se ha infiltrado en nuestras actividades cotidianas. En el supermercado, en el trabajo, e incluso en eventos deportivos, notamos que muchas personas están más pendientes de sus dispositivos que de lo que sucede a su alrededor. Esto plantea una cuestión importante: ¿hemos permitido que el celular se convierta en nuestra prioridad, relegando interacciones humanas y momentos de desconexión?

¿Por qué pasa esto?: Sistema de recompensas

Es un conjunto de partes del cerebro que se activan cuando hacemos algo que nos produce placer o bienestar, como comer, jugar o compartir con otras personas. Su función es motivarnos a repetir conductas importantes para la vida y el aprendizaje.

¿Cómo funciona el sistema de recompensa?

⦁ Anticipación o recepción de una recompensa: El cerebro detecta algo agradable o esperado, como comida, juegos o reconocimiento social.
⦁ Liberación de dopamina: Se libera dopamina, un neurotransmisor relacionado con la motivación y el placer.
⦁ Sensación de placer y satisfacción: La persona experimenta bienestar, alegría o gratificación.
⦁ Refuerzo de la conducta: El cerebro aprende que esa acción fue positiva y aumenta la probabilidad de repetirla en el futuro.
⦁ Dificultad para desconectarse: Aparecen conductas como revisar constantemente el teléfono, ansiedad al no tenerlo cerca o dificultad para controlar el tiempo de uso.
⦁ Posible adicción: El uso excesivo puede afectar el sueño, la atención, las relaciones sociales, el rendimiento escolar y las actividades cotidianas.

Pantallas y comportamiento

También existe cierta evidencia de que ver la televisión puede influir negativamente en el comportamiento de los niños. De hecho, se ha encontrado que los menores expuestos a programas de televisión para adultos desde los 6 meses de edad tenían mayor riesgo de problemas del desarrollo generalizado, comportamientos desafiantes opositivos, problemas emocionalmente reactivos, agresión y conductas externalizadas.

Además, niños de 3 años con una mayor exposición a la televisión parecen ser más propensos a exhibir comportamientos violentos. Sin embargo, es importante destacar que un mayor tiempo frente a la pantalla puede ser consecuencia de la limitación de tiempo y habilidades de los cuidadores para interactuar con los pequeños.
Por lo tanto, las asociaciones pueden no estar biológicamente relacionadas con el tiempo frente a la pantalla. Así, también pueden ser el resultado de una participación más limitada de los padres en actividades de juego y aprendizaje (Rocha et al., 2021).

Resulta importante señalar que no todo el tiempo frente a la pantalla puede afectar negativamente el desarrollo infantil. Pues las actividades mediadas por pantalla, como contar cuentos, tuvieron efectos positivos en el desarrollo infantil durante la pandemia de COVID-19. Sin embargo, la investigación científica destaca desafíos.

Beneficios como el aprendizaje interactivo pueden ser eclipsados por desventajas como el deterioro del desarrollo social y emocional. Por ende, la complejidad radica en equilibrar el acceso a la tecnología con límites saludables. La continua exploración científica es esencial para comprender los impactos precisos, guiando a padres y educadores hacia un uso consciente y beneficioso de las pantallas en la vida de los niños.

Lic. Fernando Serrano Urdanibia – MP.189

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