Durante décadas, el imaginario colectivo asoció a los celos con una prueba inequívoca de amor. La frase popular “quien te cela, te quiere” se instaló como una verdad indiscutida, especialmente en el terreno de las relaciones afectivas. Sin embargo, desde una mirada profesional, ese concepto se desmorona. El psicólogo Lic. Fernando Serrano Urdanibia (M.P. N.º 1894) lo aborda con claridad en su reciente columna, analizando el fenómeno desde una perspectiva psicológica, apoyado particularmente en el enfoque psicoanalítico.
Los celos, explica, no son sinónimo de amor. Son una emoción. Y como toda emoción, puede ser comprendida, gestionada y canalizada de forma saludable o, por el contrario, tornarse un factor de deterioro progresivo en los vínculos personales.
Un problema que no distingue edades
Desde el niño que teme perder el cariño exclusivo de sus padres, hasta el adulto que siente inseguridad frente a su pareja, los celos aparecen como una respuesta emocional ante una posible pérdida. Lo problemático no es sentir celos —algo común, incluso esperable en ciertas circunstancias— sino cómo se los interpreta y, sobre todo, cómo se reacciona ante ellos.
Serrano Urdanibia retoma una definición precisa del psicólogo Robert Leahy, quien sostiene que los celos son una combinación de pensamientos, emociones y conductas ante la amenaza (real o percibida) de perder a alguien significativo por la presencia de un tercero. Este tipo de amenaza activa mecanismos de defensa que, en algunos casos, pueden derivar en patrones de control, desconfianza e incluso hostilidad.
Celos naturales, proyectados y delirantes
En su columna, el profesional clasifica los celos en tres categorías: los normales, los proyectados y los delirantes.
Celos normales: son transitorios, no condicionan la conducta de la persona ni su vínculo con los demás. Se originan más en la imaginación que en la realidad y suelen desvanecerse si no son alimentados.
Celos proyectados: el sujeto transfiere a su pareja sus propios deseos inconscientes. Esto puede expresarse en actitudes de control, manipulación y reproches, motivados más por sus propios conflictos internos que por hechos concretos.
Celos delirantes: se trata de un cuadro clínico grave, en el que la persona sostiene la certeza de una infidelidad sin base objetiva alguna. Como ejemplo, el autor cita un caso trabajado por Freud: una mujer que llegó a escribir una carta anónima acusando a su propio marido de adulterio, sin prueba alguna, solo para justificar su desconfianza.
Estos últimos casos son los que la clínica denomina celotipia, una forma patológica que trasciende la emoción inicial y configura una conducta obsesiva, invasiva y muchas veces destructiva. Quienes la padecen pueden llegar a invadir la intimidad del otro de manera sistemática: desde revisar dispositivos personales hasta controlar horarios y desplazamientos.
Entre el temor y el control
Desde el plano clínico, los celos persistentes tienen como sustrato común el miedo: miedo a ser reemplazado, a no ser suficiente, a perder el afecto o la atención de alguien significativo. Este miedo puede provenir de experiencias previas de traición o abandono, pero también de inseguridades no resueltas.
Cuando los celos sustituyen a la confianza, las relaciones se desgastan. El vínculo se convierte en una lucha constante por controlar, probar y demostrar, donde el afecto pierde su espontaneidad y el otro deja de ser compañero para transformarse en sospechoso permanente.
Serrano Urdanibia advierte que el error más común es interpretar los celos como una señal de amor. Nada más lejano. La preocupación por el otro no implica necesariamente conductas celosas. Es posible expresar cuidado y cariño sin recurrir a métodos de control ni generar angustia.
¿Qué ocurre después de una infidelidad?
Una de las situaciones donde los celos se potencian es cuando se atraviesa una infidelidad. Si bien algunas parejas deciden continuar, el camino hacia la reconstrucción del vínculo exige, además del perdón, un trabajo activo para restablecer la confianza. En este proceso, la comunicación se vuelve central. Evitar el diálogo abre paso a pensamientos rumiantes, suposiciones dañinas y un terreno fértil para los celos infundados.
Cómo identificar y trabajar los celos
El psicólogo propone una técnica sencilla para quienes deseen trabajar sobre sus propias emociones: elaborar un gráfico donde se pueda dividir la emoción de los celos en porcentajes —miedo, enojo, tristeza, inseguridad, envidia, entre otros—. Este ejercicio ayuda a reconocer qué emociones están verdaderamente presentes y permite descomponer el fenómeno para comprenderlo mejor.
En conclusión, la afirmación “quien ama no cela” no se presenta como una sentencia absoluta, pero sí como una advertencia certera; el amor sano no necesita vigilancia, ni posesión, ni control. Amar no es apropiarse del otro, sino construir un vínculo desde la libertad, la confianza y el respeto.
Columna basada en el análisis del Lic. Fernando Serrano Urdanibia (M.P. N.º 1894)