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Una familia necesitó $1.469.768 para no ser pobre en abril

El reciente informe del INDEC, que ubica la inflación de abril en un 2,6% y muestra a las canastas básicas corriendo por detrás del IPC, genera un suspiro en los despachos oficiales. Sin embargo, para el ciudadano de a pie, la sensación térmica de la economía dista mucho de la frialdad de los números.

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Los datos de abril parecen indicar que la «familia tipo» necesitó $1.469.768 para no ser pobre. Si bien la desaceleración es real y marca el primer freno en la escalada de precios desde mediados de 2025, un análisis crítico obliga a mirar más allá de la superficie de los porcentajes.

Aunque el 2,6% parece una victoria, no hay que olvidar que venimos de un acumulado anual del 32,4% y de un cuatrimestre donde las canastas básicas ya treparon más del 12%.

Para los sectores de ingresos fijos o trabajadores informales, que las canastas suban «menos que la inflación» es un alivio técnico, pero no una mejora en el poder adquisitivo. Cuando el 45% de los ingresos de un hogar pobre se destinan exclusivamente a comida, un aumento del 1,1% en la Canasta Alimentaria sigue siendo un golpe en una economía donde los salarios no se mueven mensualmente con la misma agilidad.

El «congelamiento» de la clase media

El monto de $1,4 millones para superar la línea de pobreza es una cifra que hoy deja a gran parte de la clase media argentina en una zona gris de vulnerabilidad. Una familia de profesionales con salarios promedio hoy pelea mes a mes para no caer en la estadística de pobreza.

Además, la CBT del INDEC suele subestimar costos que para muchas familias son ineludibles:

  • Alquileres: No están plenamente ponderados en la canasta básica y hoy representan, en muchos casos, el 40% o 50% de un ingreso familiar.

  • Servicios: La desregulación de tarifas de luz y gas impacta de forma asincrónica, lo que significa que el alivio de abril podría evaporarse con los ajustes de invierno.

La brecha regional: Salta y el interior

El informe se basa en el Gran Buenos Aires. En el interior, y específicamente en provincias como Salta, la realidad es más cruda. Si bien históricamente el Norte tiene alimentos más baratos, la desregulación del transporte y los combustibles ha encarecido el flete de tal manera que la brecha se está cerrando.

Un metanense hoy paga servicios y productos básicos a precios que a veces superan a los de la Capital Federal, pero con un mercado laboral local mucho más restringido y con salarios promedio que suelen estar por debajo de la media nacional.

La desaceleración de la inflación es un paso necesario, pero no suficiente. La pregunta que surge es a qué costo se logra: ¿Es producto de una política monetaria sana o es el resultado de un consumo interno totalmente deprimido?

Si los precios suben menos porque la gente no tiene dinero para comprar, estamos ante una estabilidad por recesión. Una economía sana necesita que los precios se estabilicen mientras la rueda del consumo y la producción sigue girando, no cuando se detiene por falta de combustible financiero en los bolsillos.

Celebrar el 2,6% es válido en términos macroeconómicos, pero ignorar que una familia necesita casi un millón y medio de pesos solo para cubrir lo básico es desconocer la profundidad de la crisis social. Mientras los salarios sigan corriendo la carrera desde atrás, la desaceleración de la inflación será solo una noticia de diario y no un cambio en la mesa de los argentinos.

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