Una multitud desafió al clima para renovar su fe en el Santo Patrono de Metán
En una jornada marcada por la emoción y el compromiso religioso, miles de metanenses recorrieron las calles de la ciudad junto a la imagen de San José. Con la presencia de Monseñor Cargnello, autoridades y fortines de toda la región, el pueblo desafió la llovizna para cumplir con su tradición más sagrada.
Bajo un cielo gris que por momentos amenazaba con empañar la jornada, San José de Metán vivió una de las muestras de fe más grandes de los últimos años. Una verdadera multitud colmó las calles para acompañar la imagen del Santo Patrono, en una procesión que reafirmó la profunda devoción que el pueblo metanense profesa hacia el «Custodio del Hogar».
La procesión central, que inició pasadas las 16:30 horas, partió desde el Templo Parroquial recorriendo las calles. A pesar de que la lluvia se hizo presente de manera intermitente con algunas lloviznas, los fieles permanecieron firmes en su caminata, portando pañuelos y flores en un clima de oración y respeto que conmovió a los presentes.
La celebración contó con una fuerte impronta institucional y eclesiástica. El Arzobispo de Salta, Monseñor Mario Antonio Cargnello, encabezó los actos litúrgicos, acompañando a los sacerdotes locales y a los miles de peregrinos. Asimismo, se destacó la presencia de autoridades municipales —encabezadas por el intendente local— y legisladores provinciales, quienes se sumaron al recorrido junto a los vecinos.
Como es habitual en las fiestas del sur de Salta, el cierre de la jornada estuvo marcado por el paso de los fortines gauchos. Centenares de jinetes no solo de Metán, sino de todo el sur provincial y de provincias vecinas como Tucumán, desfilaron con sus estandartes rindiendo honores a San José, símbolo también del esfuerzo y el trabajo manual.
El mensaje de la jornada fue claro: ninguna dificultad pudo frenar el deseo del pueblo de estar cerca de su protector. La Plaza Belgrano y las inmediaciones de la Villa San José se convirtieron en el epicentro de un reencuentro esperado, donde la fe se impuso sobre cualquier pronóstico.