Hay promesas que se pagan con la vida y secretos que parecen grabados en el cemento. El misterio y el asombro se apoderaron por completo de la ciudad de La Banda, en Santiago Del Estero, tras conocerse la repentina e inesperada muerte de Daniel Oscar Quinteros. El hombre, de 58 años, se había convertido en el centro de todas las miradas semanas atrás tras erigir una monumental y perturbadora estructura en honor a San La Muerte. El enigma se instaló el martes alrededor de las 19:30 horas, cuando una alerta médica confirmó que el «sanador» yacía sin vida en su hogar.
Una escena bajo la lupa de la Justicia: ¿Qué pasó en las últimas horas?
Aunque la hipótesis inicial de los investigadores apunta a un posible paro cardíaco, la Justicia santiagueña decidió no dejar ningún cabo suelto y avanzar con pericias rigurosas para descartar cualquier sombra de duda o intervención de terceros. La atmósfera en la vivienda de Quinteros se volvió sumamente enigmática para los peritos, quienes ordenaron el despliegue de medidas inmediatas.
Resultará crucial la declaración de una mujer de 45 años, quien compartía la vivienda con él y fue la única testigo presencial del colapso fatal. El cuerpo fue trasladado de urgencia para una autopsia que determine científicamente la causa biológica de la descompensación.
En el lugar, los investigadores secuestraron todos los teléfonos celulares hallados, además de muestras de alimentos, bebidas y medicamentos que el fallecido consumía, buscando algún elemento extraño que explique el desenlace.
La silueta de 13 metros que vigila en la oscuridad
La abrupta partida de Quinteros reavivó de inmediato el temor, los debates y el misticismo en torno a la impactante historia que comenzó a principios de mayo. El hombre había desafiado el malestar social al levantar una imponente efigie de San La Muerte de 13 metros de altura a la vera de la Ruta Provincial 1, en el paraje La Bajada.
La colosal figura —que todavía permanece rodeada de andamios y se destaca de noche por una intensa e inquietante iluminación de color rojo— había despertado quejas y escalofríos entre los automovilistas y lugareños debido a su aspecto y descomunal tamaño.
Quinteros se definía como un devoto ferviente y aseguraba que la edificación respondía a una promesa inquebrantable tras una curación milagrosa en la salud de su sobrino. “Soy católico y creo en los milagros del santo pagano. No me meto con ninguna religión”, repetía para defender su santuario. Hoy, con su partida, muchos miran de reojo la gigantesca silueta roja que custodia la ruta, preguntándose si su última gran obra fue, en realidad, el cierre de un pacto definitivo.