Salta

La soledad de Güemes y el reclamo de Gustavo Sáenz: el duro cuestionamiento al olvido centralista

Tras otro 17 de junio marcado por la ausencia de funcionarios nacionales, el gobernador salteño apuntó contra la histórica desidia de Buenos Aires hacia el interior. Una crítica al federalismo de cotillón en medio de debates clave para las provincias.

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Pasó un nuevo aniversario del paso a la inmortalidad del general Martín Miguel de Güemes y, lamentablemente, los salteños nos volvimos a chocar de frente contra la misma e indignante pared de siempre. Mientras el héroe gaucho y pilar indiscutible de nuestra emancipación nacional fue recordado con fervor y honores a lo largo y ancho de Salta, desde el poder central la respuesta volvió a ser un silencio ensordecedor traducido en una total ausencia institucional. El desplante no es ninguna novedad en la bitácora de la política argentina, pero no por eso deja de generar un profundo malestar en el norte del país.

El contraste de la agenda pública fue notorio y dolió. El Gobierno Nacional desplegó una comitiva de peso, discursos grandilocuentes y sobreabundancia de fotos para homenajear la figura de Manuel Belgrano; algo totalmente justo y merecido. Sin embargo, cuando llegó el momento de mirar hacia la frontera norte y honrar al jefe de Los Infernales, el desinterés de la Casa Rosada fue absoluto: ningún funcionario de primera línea jerárquica se dignó a pisar suelo salteño.

Un ninguneo con más de dos siglos de historia

El gobernador Gustavo Sáenz no dejó pasar por alto este vacío protocolar y recurrió a la memoria histórica para demostrar que este tipo de destratos responde a un patrón crónico. En sus redes sociales, el mandatario provincial disparó una profunda reflexión que caló hondo en el sentimiento local: “Siempre luchó solo”.

Con esa frase, Sáenz trazó un paralelismo directo entre las dificultades que padece la gestión actual y las penurias que debió afrontar el propio prócer en el siglo XIX:

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En su época, Güemes no solo debió combatir cuerpo a cuerpo contra las invasiones realistas que venían desde el Alto Perú, sino también contra la desidia, el desfinanciamiento y la traición de las autoridades que se sentaban en Buenos Aires a mover los hilos de la naciente patria.

A más de dos siglos de aquella gesta, los antiguos problemas de fondo siguen intactos. La indiferencia del puerto hacia el interior profundo de la Argentina continúa siendo una de las batallas más duras que sufrieron los salteños del pasado y que siguen padeciendo las generaciones del presente.

Resulta inadmisible y hasta humillante que, en pleno siglo XXI, el interior deba seguir discutiendo o rindiendo examen para que se reconozca el lugar de honor que Güemes se ganó legítimamente con sangre y fuego en el campo de batalla. Es la marca de fábrica de un país que se autopercibe y se escribe federal en la Constitución, pero que en la práctica diaria se sigue mirando estrictamente el ombligo.

La miopía porteña y una deuda que quema

Lo que plantea con firmeza el gobernador Sáenz trasciende el mero reclamo de un reconocimiento histórico para un Padre de la Patria. Su discurso interpela de raíz la construcción geopolítica del país, exigiendo una Argentina integrada que deje de planificarse exclusivamente bajo la óptica y los intereses de la Avenida General Paz.

La miopía centralista no es un accidente geográfico ni una metáfora discursiva; es una decisión política consciente que posterga el desarrollo regional y les sale carísima a las provincias. El norte argentino no está pidiendo que le regalen nada, ni pretende mendigar dádivas al poder de turno; simplemente expresa el hartazgo de comunidades que ven cómo, a la hora de tomar las decisiones macroeconómicas o repartir los recursos estratégicos, el Interior termina siendo siempre el último orejón del tarro.

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Las conmemoraciones de este año funcionaron como una fiesta popular, pero fundamentalmente operaron como un termómetro político de la región. Y la aguja marca con total claridad que la deuda histórica con el federalismo no solo sigue completamente vigente, sino que está más caliente que nunca. En Salta, hay un pueblo y un conductor que ya no están dispuestos a contemplar con indiferencia las injusticias del centralismo.

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