Metán

ZONA LIBERADA: Violencia, tiros y el avance imparable del narcotráfico en Metán

El crudo relato de un vecino que enfrentó a los ‘transas’ de la zona norte para recuperar lo robado pone al descubierto una realidad alarmante: la venta de droga a menores de edad y una justicia que parece haber arriado las banderas.

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Lo que comenzó como un robo callejero terminó en una batalla campal con botellazos y disparos de arma de fuego. El escenario fue la calle Sarmiento, en la zona norte de Metán, pero el trasfondo es una realidad que todos en la ciudad conocen y pocos se atreven a denunciar: el negocio de la droga que está destruyendo a los jóvenes y la parálisis de una justicia que parece mirar hacia otro lado.

En una entrevista exclusiva para el programa «El Bueno y el Malo», Iván Giménez relató el calvario que vivió junto a su familia. Todo se inició cuando a su esposa le arrebataron el celular y dinero. La búsqueda de lo robado no terminó en una comisaría, sino en la puerta de un conocido punto de venta de estupefacientes, que el denunciante manifiesta es de propiedad de un sujeto apodado como el «Gordo Martín».

«Nosotros fuimos a preguntar a donde venden droga, porque saben todos en Metán quiénes son», disparó Giménez con una crudeza que duele. El relato describe una situación de anarquía: una patota protegiendo al «transa», una mujer golpeada salvajemente que se salvó gracias a la intervención de un efectivo policial, y la confirmación de que en el norte de la ciudad las balas ya reemplazaron a las palabras.

Pero lo más grave de la denuncia de Giménez no es solo el hecho de violencia, sino el reclamo social que hay detrás: ¿Cómo es posible que lugares con antecedentes de allanamientos y secuestros sigan operando a plena luz del día?

La sensación en la comunidad es de un abandono total. El testimonio de Iván es el grito de muchos vecinos que ven cómo chicos de 12 o 13 años entran en el pasillo de la droga ante la vista de todos. «No creo que la justicia esté defendiendo a un transa… tienen que hacer el trabajo que tienen que hacer», reclamó el vecino.

Sin embargo, los hechos parecen decir lo contrario. Mientras los «vendedores de la muerte» entran y salen de las comisarías, los vecinos deben enfrentarse a las patotas para recuperar lo que les roban. El conflicto no es una simple pelea entre familias; es la resistencia de un barrio que se niega a ser gobernado por el narcotráfico.

La violencia en la zona norte está escalando. Ya no se trata solo de gritos; ahora hay proyectiles, armas de fuego y personas heridas de gravedad. Si la justicia no se involucra de manera real y profunda, el riesgo de que los vecinos decidan tomar acciones por mano propia es una bomba de tiempo que está a punto de explotar.

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