Entre el mar de pañuelos blancos, los vítores y el inconfundible repicar de las campanas de la Catedral Basílica, el ingreso de la columna de San José de Metán tuvo un momento de emoción pura que hizo brotar lágrimas a los presentes. A sus 82 años, Don Alejandro Anastasio Cazón —el primer peregrino del sur salteño— volvió a cruzar las puertas del santuario mayor, marcando el hito más conmovedor de la jornada.
Acompañando a los cientos de metanenses que completaron los cinco días de intensa marcha por la ruta, Don Cazón avanzó a paso pausado pero firme. A su lado, firme como una columna, lo sostenía con fuerza del brazo su hijo Martín, en una postal de amor filial y gratitud que condensó tres décadas de profunda historia familiar y comunitaria.

Para comprender la magnitud de este gesto hay que remontarse a 1994. En aquel año, movido por la desesperación pero aferrado a una fe inquebrantable, Don Alejandro decidió emprender a pie el trayecto hacia la Capital debido a la delicada salud de Martín, su hijo menor, quien había sido diagnosticado con hidrocefalia no evolutiva.
En aquella primera travesía en solitario, acompañado únicamente por su tío Pedro Soria, Cazón selló una promesa con el Señor y la Virgen del Milagro: caminar año tras año para encomendar la vida de su pequeño. Aquello que comenzó como una plegaria íntima y dolorosa de un padre terminó convirtiéndose en la semilla fundacional de la que germinaría la multitudinaria peregrinación que hoy identifica a todo San José de Metán.
Una semilla que germinó en un pueblo entero
Don Alejandro encabezó ininterrumpidamente la marcha del sur salteño hasta el año 2019, cuando el paso del tiempo lo llevó a ceder la posta en la ruta a las nuevas generaciones. Sin embargo, su legado permaneció intacto. Su fe prendió en sus hijos, en sus nietos y en miles de vecinos que año a año se suman a esta manifestación que forma parte del patrimonio espiritual y cultural de Salta.
Ver a Martín sostener el andar arrugado pero digno de su padre a los 82 años, devolviéndole en cada paso el cuidado y el amor con el que Don Alejandro caminó por él hace 30 años, fue la prueba viviente de que las promesas no mueren y que la fe, cuando nace del amor verdadero, multiplica sus milagros en el corazón de todo un pueblo.