Hay gestos de amor que desafían a la lógica humana y se transforman en verdaderos actos de fe. Desde la lejana Quequén, en la costa bonaerense, Fernando Dufau montó su bicicleta el pasado 10 de agosto con un único propósito en el alma: recorrer más de 2.000 kilómetros para postrarse ante el altar del Señor y la Virgen del Milagro.
Esta travesía es la primera gran peregrinación de su vida a Salta en bicicleta, motivada por una promesa familiar profunda tras un año sumamente difícil. Acompañado por el apoyo incondicional de su esposa en ruta y sosteniéndose en la oración de miles de personas que lo siguieron paso a paso a través de las redes sociales, Fernando superó el viento inclemente de las salinas, el desgaste del asfalto e infinitos tramos de soledad. En la jornada de ayer, su esfuerzo encontró un abrazo sanador al cruzar las puertas del sur provincial e ingresar a San José de Metán.

El arribo de Fernando al departamento Metán no fue el de un desconocido, sino el de un hermano de fe. Los biciperegrinos metanenses salieron a la ruta para recibirlo, conformando una colorida escolta de honor que lo guio por las calles de la ciudad. Entre aplausos espontáneos de los vecinos que salían a sus veredas, bocinazos y cantos de aliento, la marea sobre dos ruedas transformó el cansancio en una auténtica fiesta de fraternidad.
«Muchos me decían que estaba loco, que era imposible. Pero cuando tenés fe, los kilómetros no pesan», había confesado el ciclista durante su duro paso por el centro del país. Ayer, en Metán, sus ojos húmedos al encontrarse con la calidez de los salteños atestiguaron que cada pedaleada valió la pena.

La historia de Fernando es la viva muestra de cómo el Milagro salteño ha roto cualquier límite geográfico. Ya no se trata solo de una festividad local; es una causa de amor y esperanza que convoca a ciclistas y caminantes de cada rincón de la Argentina.
A medida que el peregrino bonaerense encara el tramo final hacia la Catedral Basílica custodiado por el afecto del sur salteño, la ciudad de Metán vuelve a erigirse como el gran portal de la fe, donde el cansancio de los viajeros se convierte en fuerza renovada para coronar el milagro de llegar al altar.