En la inmensidad silenciosa y agreste de la Puna salteña, donde el viento helado azota los rostros y el aire escasea a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, se escribe una de las páginas más conmovedoras de las festividades del Señor y la Virgen del Milagro. Entre los 140 devotos que completaron ya su cuarto día de caminata desde Tolar Grande, sobresale una figura que emociona hasta las lágrimas: doña Damiana, una abuela de 86 años que camina a paso firme impulsada únicamente por el amor a los Patronos Tutelares.
La travesía que emprendió esta comunidad de la Puna es considerada una de las más extremas y heroicas de toda la provincia. En total son 430 kilómetros de recorrido, atravesando las escarpadas laderas de la Cuesta del Chorrillo —un punto crítico que supera los 4.560 metros de altura— para conectar localidades aisladas como Olacapato, Mina Poma y San Antonio de los Cobres antes de encarar el descenso hacia el Valle de Lerma.
A pesar de las ráfagas intensas de viento y la exigencia física que implica caminar sobre la calzada de la Ruta Nacional 51 —transitada fuertemente por el transporte pesado de la actividad minera—, la presencia de Damiana, quien camina custodiada y acompañada por su hija, se transformó en la fuerza espiritual del contingente.
«Los kilómetros son lo que menos nos interesa, porque lo único que tenemos en la cabeza y en el corazón es llegar a la Catedral de Salta. Doña Damiana, con sus 86 años, decidió acompañarnos este año y nos llena de un orgullo incalculable. Verla caminar le transmite una energía hermosa a los más jóvenes que vienen en la fila», relató emocionado uno de los peregrinos durante la parada en Olacapato.
La marcha del consuelo y la esperanza
Para los caminantes de Tolar Grande, la peregrinación no es solo un sacrificio físico; es un acto sagrado de comunión y testimonio de vida. Enfrentar la puna, el apunamiento, las bajas temperaturas y las largas jornadas de polvo y piedras se vuelve insignificante cuando el motor es la gratitud y las promesas familiares.
Historias como la de doña Damiana demuestran que el Milagro salteño rompe cualquier barrera biológica o geográfica. Su figura pequeña, envuelta en abrigos y caminando con la frente en alto sobre la inmensidad del paisaje puneño, deja una enseñanza imborrable: cuando la fe es verdadera, no hay montaña demasiado alta ni camino demasiado largo.