Entre lágrimas y con una impotencia que refleja la realidad de miles de argentinos, Alejandro, un trabajador del rubro panadero residente en Merlo, relató la desesperante situación que atraviesa tras haber sido despedido abruptamente debido a la baja actividad comercial.
De trabajar jornadas de hasta 14 horas diarias —desde las 3 de la mañana hasta las 5 de la tarde— por un sueldo diario que le permitía cubrir el sustento básico, Alejandro pasó a la absoluta intemperie de un día para otro. Al no poder afrontar el costo de dos meses de alquiler acumulados, debió entregar la propiedad junto a sus escasos electrodomésticos y refugiarse en un hospital para no quedar a la deriva en la vía pública junto a su pareja y su hija recién nacida.
La urgencia económica lo llevó además a caer en las garras del endeudamiento informal: hace dos meses solicitó $325.000 a un prestamista para saldar compromisos inmediatos, pero ante la imposibilidad de pagar las cuotas semanales por la falta de ingresos, la deuda escaló exponencialmente hasta superar los $2.600.000, sumando amenazas y un acoso constante a su ya crítica situación familiar.
A pesar del escenario límite y la desesperación, su pedido no se enfoca en una dádiva, sino en la posibilidad de recuperar la dignidad a través del esfuerzo personal. «No se puede seguir así, solo pido volver a trabajar como antes. De lo que sea: albañil, repositor o en una panadería, para poder comprarle las cosas a mi bebé», expresó visiblemente conmovido. Su testimonio expone la cara más cruda del desempleo y el sobreendeudamiento en los sectores más vulnerables.