Cada 2 de abril el mundo se tiñe de azul. Se iluminan edificios, se organizan caminatas, se repiten frases sobre la neurodivergencia como forma de ver el mundo. Pero, ¿qué hay más allá de las campañas, las banderas, cintas y los slogans bienintencionados? El autismo no necesita romantización. Necesita comprensión, respeto, recursos, justicia.
Porque mientras crece la visibilidad pública, sigue creciendo también el silencio en torno a las violencias que atraviesan a las infancias con autismo. Se habla poco, casi nada, del bullying sistemático que padecen en las escuelas. De los diagnósticos errados o tardíos. De la angustia cuando no se accede a apoyos terapéuticos adecuados. De los derechos que deben judicializarse porque las obras sociales no quieren garantizar lo que corresponde.
Y aún menos se habla del dolor de las familias. Familias que crían con amor, pero también con miedo, con agotamiento, con preguntas que no encuentran respuesta. Muchas de ellas —especialmente aquellas sin privilegios, en territorios donde la salud no da abasto o no tiene las herramientas y el conocimiento para atender la complejidad del espectro— transitan este camino sin redes, sin sostén, sin alivio.
Allí donde la interseccionalidad se impone, las brechas se profundizan: clase, geografía, acceso a la educación y a la salud configuran infancias más o menos acompañadas, más o menos protegidas.
Todavía hoy hay profesionales que no escuchan, no preguntan, no acompañan: señalan y juzgan, sin conocer en profundidad la condición o estar capacitada para atenderla. La falta de empatía y la culpabilización implícita que aún persiste en algunos abordajes pueden ser devastadoras para una familia que solo busca entender, sostener y, sobre todo, aprender cómo acompañar amorosamente a su hijo o hija.
Por supuesto, hay también profesionales excepcionales, comprometidos, que trabajan con sensibilidad y dedicación cada día, incluso en contextos hostiles. Pero señalar las fallas sistémicas no es desmerecerlos, sino exigir que su tarea no dependa del heroísmo individual, sino de condiciones justas, éticas y sostenidas para todos. Porque nadie está preparado para recibir un diagnóstico tan feroz.
No hay libretos, ni mapas. Lo que hay es un deseo profundo de estar a la altura, de no fallar, de no dañar, de encontrar los caminos posibles entre tanta fragilidad e incertidumbre. Y muchas veces, esa búsqueda se hace en soledad.