Lo que históricamente nació como un espacio de encuentro, alegría y festejo para la juventud salteña durante el Mes del Estudiante ha mutado, con el paso de los años, en un escenario hostil, tóxico y profundamente dañino para la salud mental de los adolescentes.
Los recientes acontecimientos observados en el departamento de Anta y en el departamento Metán exponen con crudeza una realidad insostenible: los concursos de belleza estudiantiles están desvirtuados y la responsabilidad principal recae, paradójicamente, en los propios adultos.

El episodio más alarmante ocurrió el pasado 28 de agosto en Joaquín V. González, donde la elección local terminó en una batalla campal. Tras el fallo del jurado, adultos inconformes amenazaron de muerte e intentaron agredir al director del colegio organizador, crearon perfiles falsos para acosar virtualmente a la joven ganadora y provocaron disturbios que dejaron a una adolescente con lesiones físicas. El nivel de violencia fue tal que tres instituciones secundarias ya anunciaron oficialmente que no participarán del certamen en 2027.
Lamentablemente, la historia volvió a repetirse —aunque con matices— en la reciente elección departamental de Metán celebrada en Río Piedras. Allí, entre bambalinas y camarines, la noche se tiñó de tensión por la irrupción fuera de lugar de madres de participantes, discusiones y presiones directas hacia los miembros del jurado. El resultado final volvió a ser el mismo: jóvenes totalmente sobrepasadas por la situación, saliendo entre lágrimas, angustiadas y destruidas emocionalmente no por la competencia en sí, sino por el nivel de agresión del entorno adulto.
En un contexto social complejo, donde las problemáticas ligadas al bullying, las agresiones en redes, la ansiedad y la depresión adolescente se incrementan día a día, resulta inadmisible que las propias instituciones educativas y los gobiernos locales sigan avalando y financiando estos certámenes.
Como ha advertido de forma insistente el Observatorio de Violencia contra las Mujeres de Salta, estas competencias perpetúan patrones estereotipados, generan violencia simbólica y exponen la integridad física y emocional de los chicos. Que un colegio secundario o un municipio promuevan un espacio que termina convirtiéndose en una «picadora de carne» para sus propios alumnos constituye una falta de tutela gravísima por parte de quienes deberían garantizar la contención y el cuidado de los menores.
La política en la mira y la urgencia de una decisión
A medida que las elecciones de reinas fueron ganando espacio mediático, la política tradicional metió la cuchara. Lo que era una fiesta de los chicos pasó a ser una vitrina de figuración para dirigentes, concejales y funcionarios que financian, presionan e instrumentalizan los certámenes para su propio lucimiento, alimentando el fanatismo de las hinchadas y la grieta entre comunidades escolares.
Con la Elección Provincial programada para el próximo 18 de septiembre en El Galpón, la pregunta es inevitable: ¿Qué va a pasar en esa noche? ¿Están dadas las garantías para que las adolescentes no terminen expuestas al escarnio público, las burlas en redes y la violencia verbal de adultos frustrados?
Es hora de abrir un debate de fondo sin hipocresías. La sociedad, la comunidad educativa y las autoridades provinciales deben tomar una decisión drástica: redefinir estos eventos hacia encuentros culturales, deportivos, científicos o artísticos sin coronas de belleza, o directamente suspenderlos. Los jóvenes merecen festejar su mes con alegría, no salir traumatizados por el ego irresponsable de los mayores.