A las afueras de Trancas, en plena geografía tucumana, un rincón de apariencia sencilla custodia un misterio secular que desafía la lógica y convoca a miles de fieles cada año. Se trata del Pozo del Pescado —también conocido como el Pozo de los Milagros—, un auténtico epicentro de fe cuyo origen se remonta a finales del siglo XVI y está ligado de forma indisoluble a la figura de San Francisco Solano.
Hoy, el sitio conserva una fisonomía austera y despojada: árboles corpulentos que custodian el lugar con su sombra, una pequeña ermita con la imagen del santo y, en el centro, el piletón de piedra de donde brota agua subterránea de forma constante. Allí, el silencio solo se interrumpe por los rezos en voz baja y el sonido del agua al ser embotellada por los visitantes.
El legado de 1590: el día en que el santo venció a la sequía
Para comprender la devoción que despierta este paraje, es necesario viajar en el tiempo hasta 1590. Según la tradición histórica y religiosa, San Francisco Solano recorría estas tierras en su misión evangelizadora cuando se encontró con un pueblo completamente azotado y desesperado por una severa sequía.
Conmovido por el sufrimiento de los habitantes y los animales, el fraile franciscano obró el prodigio: hundió su bastón en el suelo reseco y, de manera inmediata, hizo brotar un manantial de agua pura para calmar la sed de la región. Desde aquel momento, ese punto exacto se convirtió en un símbolo del poder intercesor del «Santo de la guitarra», transformando un suelo árido en una fuente inagotable de esperanza que sigue activa más de cuatro siglos después.
Historias de fe en primera línea
Los fieles que llegan hoy al santuario suelen acarrear complejas realidades de salud y necesidades personales deeply arraigadas, encontrando en el agua del pozo una alternativa de alivio y sanación. Cada visitante recrea su propio ritual: algunos rezan en silencio, otros tocan la piedra del pozo con reverencia o hacen sonar tres veces la campana de la ermita —un gesto tradicional para «llamar la atención» del santito—, pero casi todos coinciden en llenar botellas para compartir el agua con sus seres queridos.
“Es para mi nieto. Le diagnosticaron una enfermedad difícil en los pulmones. Los médicos hacen lo suyo, pero yo sé que esta agüita limpia le va a dar la fuerza que le falta”, explica Irma, una vecina que viajó desde San Miguel de Tucumán cargando tres bidones plásticos vacíos.
A pocos metros, Carlos, un joven obrero de la zona, se acerca a la estatua del misionero franciscano para cumplir una promesa. Su esposa agonizaba hace un año tras un accidente vial y los pronósticos médicos eran desalentadores. “Vine a agradecer. Ella hoy está en casa, caminando. Los doctores no lo creían, pero el Santito escuchó. Prometí volver cada año a limpiar este lugar y a traerle flores”, relata conmovido.
Donde la lógica se rinde ante la devoción
Más allá de las explicaciones geológicas y científicas sobre el comportamiento de las napas subterráneas locales, el Pozo del Pescado funciona como un potente fenómeno sociológico y espiritual donde la lógica cede ante la necesidad humana de creer.
El agua, que se mantiene llamativamente fresca y cristalina a pesar de las altas temperaturas de la región, se transformó en el vehículo de una cadena invisible de resiliencia comunitaria. En Trancas, la huella de San Francisco Solano no quedó atrapada en los libros de historia ni en la abstracción institucional; se convirtió en algo tangible que los devotos embotellan día a día para sobrellevar la adversidad con la fuerza de un milagro que no cesa.